Decisiones tomadas por sus dueños: emoción y razón al decidir

Cada vez más especialistas en neurociencias afirman que tomamos la mayor parte de las decisiones guiados por la emoción y luego las justificamos mediante la razón. Sin embargo, es nuestro desafío asegurarnos que la razón sea la protagonista en las decisiones corporativas.

En los últimos años se ha tornado muy frecuente hablar de las emociones. Libros, artículos académicos, espacios en televisión y conferencias sobre el tema, dan cuenta del fenómeno. Incluso en la ficción irrumpió el tema: primero con la serie Lie to Me y luego en el cine cuando Pixar lanzó en 2015 la película infantil “Intensamente”. Las emociones atraviesan sus argumentos, inspirándose en ambos casos en las investigaciones del psicólogo Paul Ekman sobre los estados emocionales y las expresiones faciales correspondientes.

¿Qué son las emociones?

La palabra emoción procede del vocablo latino emovere, que significa sacudir o agitar. En el origen de la palabra vemos ya implícita la tendencia a actuar. Sin embargo, entre los científicos que estudian las emociones no encontramos una única definición. Mientras la teoría de James-Lange las entiende como respuestas fisiológicas a estímulos sensoriales, otros las consideran producto de construcciones sociales.

Lo único que sabemos con seguridad es que la emoción no está separada de la razón, como se creyó durante tantos años. Está comprobado que el sistema límbico en el que se desarrollan las emociones y el córtex donde opera la razón interactúan constantemente influyendo permanente en nuestro cerebro. No hay actividad cerebral sin emoción o razón: las dos están presentes en cada decisión.

Personas guiadas por su cerebro

Según algunos especialistas en neurociencias, tomamos la mayor parte de nuestras decisiones guiados por el sistema límbico, donde residen las emociones, y luego las justificamos mediante la razón.

De acuerdo con esta idea, muchas de las decisiones que creemos abordar de un modo racional analizando los elementos que intervienen y llegando a una solución objetiva, podrían haber sido tomadas de manera refleja, automática, sin que nos demos cuenta. Al parecer, luego buscaríamos los argumentos para sustentar eso que ya hemos decidido de manera “inconsciente”.

El problema con esta generalización es que pone al ser humano en un lugar de muy poca libertad. Es como si de repente ya no tuviéramos el poder de elegir porque una especie de caja negra en nuestro interior se encarga de decidir por nosotros ante cada posibilidad.

El debate sobre el libre albedrío es amplio, ha cambiado a lo largo del tiempo y se ha visto enriquecido por los aportes de múltiples disciplinas. Sin embargo, la literatura de divulgación tiene la costumbre de presentar a las decisiones como si fueran todas iguales, una generalización que banaliza la discusión.

Tipos de decisiones

No es razonable pensar en iguales términos la decisión de elegir qué dulce le pondré a mi tostada, que un cambio de trabajo, o una inversión de millones en una nueva planta.

Las emociones pueden ser protagonistas en las decisiones casuales, esas que enfrentamos con mayor frecuencia y en cuestión de minutos o segundos: qué comemos, cómo nos vestimos o de qué forma viajamos hasta el trabajo. En estos casos somos incluso más eficientes cuando evitamos que interfiera la razón y, en lugar de destinar tiempo y energía a la elección, dejamos que el cerebro actúe de forma automática.

En cambio, en las empresas nos enfrentamos con frecuencia a otro tipo de decisiones que, por su impacto, requieren que les dediquemos más tiempo y que las tomemos de manera consciente para que la razón sea la que guía el proceso decisorio y las emociones queden en un segundo plano. Decidir desde la emoción y justificar desde la razón en decisiones estratégicas, no nos va a llevar a buen puerto.

Hay un porcentaje de las decisiones que tomamos que sin lugar a dudas deben contar con procesos racionales que logren frenar el automatismo del cerebro para poder elegir cómo queremos abordarlas. Y en ese porcentaje se encuentran las decisiones que tomamos en nuestras empresas.

Como sostiene el psicólogo social Leon Festinger, el problema con las decisiones emocionales en estos casos es que las consecuencias de esas decisiones duran mucho más que las condiciones emocionales en las que las tomamos.

No quiere decir que las decisiones en la empresa deban estar despojadas de emociones, lo cual sería un desafío imposible: las emociones son inherentes al ser humano.

Sin embargo, en las organizaciones debemos incorporar herramientas que nos permitan asegurar que la razón tiene un lugar protagónico proceso.

Decisiones tomadas por sus dueños

El primer paso para lograr que las emociones jueguen en nuestro favor, y no en contra, es identificarlas. Frenar el automatismo del cerebro implica interrumpir la reacción que surge del proceso cerebral para analizar la decisión y apropiarnos de ella. Una decisión consciente es más nuestra que una que no.

Para entender cómo nos puede estar afectando una emoción, es fundamental tomarnos un momento para entender qué estamos sintiendo en el cuerpo al enfrentar una decisión determinada.

Sólo el hecho de distinguir y reconocer la emoción activará un proceso en nuestro cerebro que hará disminuir su intensidad y la inhibirá. Cuando una determinada decisión nos produce miedo, por ejemplo, identificar ese temor nos ayudará a moderar su efecto en la resolución final./P>

Por otro lado, las emociones pueden ser funcionales o disfuncionales. Es decir, una misma emoción puede influir positivamente en determinadas circunstancias y negativamente en otras. La ansiedad, por ejemplo, puede llevarnos a decidir apresuradamente sin contemplar todos los elementos. Pero en otras ocasiones, la ansiedad puede ser el motor que nos impulse a decidir sin dilatar innecesariamente el proceso. Identificar cuáles son las emociones que nos atraviesan puede ayudarnos a transformar las disfuncionales en funcionales.

Por último, es clave entender ante qué tipo de decisión se está y cuál es el mejor abordaje. Sólo así podremos elegir la metodología adecuada para tener éxito como decisores racionales.

Para que la razón tome el lugar que le corresponde en las decisiones complejas es indispensable hacer un diagnóstico claro del problema que contemple todas las variables en juego, explicitar nuestros objetivos frente a dicho problema, y tener presentes los diferentes caminos de acción posibles para llegar a esos objetivos.

En definitiva, se trata de no permitir que sean las emociones las que guíen la decisión y la razón la que la justifique, sino de decidir con la razón entendiendo que las emociones estarán siempre presentes en el proceso. ■

Daniela Olstein
Consultora en Tandem, Soluciones de Decisión
do@tandemsd.com